Pie plano y deformidades rotacionales en la infancia

 La información presentada tiene fines orientativos y educativos.
 No reemplaza la evaluación médica individual ni la consulta presencial.
 Cada caso requiere un análisis personalizado. 

Qué es normal, qué observar y cuándo consultar

El pie plano y las deformidades rotacionales son motivos de consulta muy frecuentes en la infancia y, a la vez, una fuente habitual de preocupación para las familias. En la mayoría de los casos forman parte del desarrollo normal, pero en otros requieren evaluación médica para descartar patología y orientar conductas adecuadas. La clave está en diferenciar lo fisiológico de lo patológico.


Durante los primeros años de vida, el pie del niño es naturalmente plano. La presencia de un cojín graso plantar y la inmadurez del sistema músculo-esquelético hacen que el arco no sea visible. A medida que el niño crece, camina, corre y desarrolla fuerza muscular, el arco suele formarse de manera progresiva. Por este motivo, el pie plano flexible en la infancia temprana es, en la mayoría de los casos, una variante normal del desarrollo.


El pie plano se considera fisiológico cuando el arco aparece al ponerse de puntas o al sentarse, no genera dolor, no limita la actividad y no se asocia a rigidez. En estos casos, no requiere tratamiento específico ni el uso sistemático de plantillas, sino observación y seguimiento. En cambio, el pie plano rígido, doloroso, progresivo o asociado a fatiga marcada, torpeza al caminar o rechazo a la actividad física debe ser evaluado, ya que puede corresponder a una condición subyacente que sí necesita tratamiento.

Las deformidades rotacionales incluyen alteraciones en la orientación del pie, la pierna o el fémur, y suelen manifestarse como pies hacia adentro o hacia afuera al caminar. La más frecuente es la marcha con pies hacia adentro, habitualmente relacionada con rotaciones normales del desarrollo que cambian con el crecimiento. Estas variaciones rotacionales siguen una secuencia esperable desde el nacimiento hasta la adolescencia y, en la mayoría de los niños, se corrigen espontáneamente sin intervención.


Es importante entender que el uso de calzado especial, férulas o dispositivos correctores de rutina no acelera la corrección de estas deformidades fisiológicas. Tampoco el niño adopta estas posturas por “vicios” o malos hábitos. La observación clínica, el control evolutivo y la evaluación del impacto funcional son más relevantes que la corrección forzada.


La consulta especializada está indicada cuando las deformidades son asimétricas, progresivas, dolorosas, interfieren con la marcha o el juego, se asocian a caídas frecuentes, cansancio excesivo o no muestran mejoría con el crecimiento esperado. En estos casos, el traumatólogo infantil evalúa la alineación global, la movilidad articular, la fuerza muscular y, si es necesario, solicita estudios complementarios.


El mensaje central es claro: no todo pie plano ni toda marcha alterada en la infancia es patológica. Un diagnóstico correcto evita tratamientos innecesarios y permite detectar a tiempo los casos que sí requieren intervención. El seguimiento adecuado, basado en el crecimiento y la función, es la herramienta más segura para acompañar el desarrollo normal del niño.

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Artrosis

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Tratamientos conservadores y el rol de la viscosuplementación antes de la cirugía

La artrosis es una enfermedad degenerativa de las articulaciones caracterizada por el desgaste progresivo del cartílago, cambios en el hueso subcondral e inflamación variable de la articulación. Se manifiesta principalmente con dolor, rigidez, pérdida de movilidad y limitación funcional, y su prevalencia aumenta con la edad, el sobrepeso, las sobrecargas mecánicas y ciertas alteraciones del eje o la biomecánica articular.


Es importante aclarar que la artrosis no es solo “desgaste”, ni todas las personas con cambios radiológicos presentan síntomas. El tratamiento debe basarse en el impacto clínico, el nivel de dolor, la limitación funcional y las expectativas del paciente, no únicamente en la imagen.


Antes de considerar una cirugía, existe un amplio abanico de opciones conservadoras que, correctamente indicadas, pueden aliviar síntomas, mejorar la función y retrasar la progresión del cuadro.


El primer pilar del tratamiento es no farmacológico. La educación del paciente, el control del peso, la actividad física adaptada y el fortalecimiento muscular son fundamentales. El músculo cumple un rol protector sobre la articulación: mejora la estabilidad, reduce la carga articular y disminuye el dolor. La kinesiología dirigida y sostenida en el tiempo es una intervención clave.

El tratamiento farmacológico puede incluir analgésicos y antiinflamatorios, siempre evaluando riesgos y beneficios, especialmente en tratamientos prolongados. Su rol es sintomático y no modifica la evolución estructural de la artrosis.



Dentro de las terapias locales, la viscosuplementación con ácido hialurónico ocupa un lugar específico. En la artrosis, el líquido sinovial pierde viscosidad y capacidad de lubricación. El ácido hialurónico busca mejorar las propiedades mecánicas del medio articular, reducir el roce, modular la inflamación y, en muchos pacientes, disminuir el dolor y mejorar la movilidad.


La viscosuplementación no regenera el cartílago ni “cura” la artrosis, pero puede ser una herramienta útil en pacientes seleccionados, especialmente en estadios leves a moderados, cuando el dolor persiste a pesar de un manejo conservador adecuado. Su efecto es progresivo y variable entre pacientes, y suele formar parte de una estrategia combinada, no de un tratamiento aislado.

Otras opciones antes de la cirugía incluyen infiltraciones con corticoides en situaciones puntuales de inflamación aguda, siempre con criterio restrictivo, y tratamientos biológicos cuyo beneficio depende del caso, la articulación afectada y la evidencia disponible. Ninguna de estas opciones reemplaza al abordaje integral ni al control de los factores mecánicos.


La cirugía no es el primer paso ni debe indicarse por la sola presencia de artrosis en los estudios. Se considera cuando el dolor y la limitación funcional persisten pese a un tratamiento conservador bien indicado y sostenido, y cuando la calidad de vida del paciente se ve claramente afectada.


El mensaje central es claro: la artrosis tiene múltiples escalones terapéuticos. Un enfoque individualizado, basado en evidencia y en la situación clínica real del paciente, permite utilizar de manera racional opciones como la viscosuplementación y, en muchos casos, postergar o evitar la cirugía.

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Mareo y vértigo

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Por qué no todo viene del cuello y la importancia de un diagnóstico correcto

El mareo es uno de los motivos de consulta más frecuentes y, al mismo tiempo, uno de los más mal interpretados. Muchas personas asumen de manera automática que su origen está en la columna cervical. Esta suposición no solo es incorrecta en la mayoría de los casos, sino que puede retrasar diagnósticos que requieren evaluación prioritaria.

El mareo y el vértigo no son lo mismo y pueden tener múltiples causas: alteraciones del oído interno, trastornos neurológicos, enfermedades vasculares o cardiovasculares, problemas metabólicos, efectos adversos de medicamentos, alteraciones visuales y también disfunciones odontológicas o del sistema masticatorio. Algunas de estas condiciones requieren una valoración rápida y específica.


Una primera distinción clave es entre vértigo y mareo o inestabilidad. El vértigo se caracteriza por una sensación clara de giro del entorno o del propio cuerpo, suele presentarse en episodios, empeora con determinados movimientos de la cabeza y con frecuencia se acompaña de náuseas o vómitos. El mareo, en cambio, se manifiesta como desequilibrio, inseguridad al caminar o sensación de “cabeza liviana”, sin percepción de giro.


La presencia de síntomas auditivos es un dato clínico fundamental. Disminución de la audición, sensación de oído tapado, zumbidos, plenitud, dolor de oído o empeoramiento del mareo con ruidos intensos orientan fuertemente a un origen en el oído interno. En estos casos, la causa no es cervical y la evaluación inicial debe ser realizada por un especialista en otorrinolaringología.


El oído interno es, de hecho, una de las causas más frecuentes de vértigo verdadero. Trastornos como el vértigo posicional benigno o la neuritis vestibular son habituales, se diagnostican con una evaluación clínica específica y, en muchos casos, tienen tratamientos simples y altamente efectivos cuando se identifican de forma temprana.


Existen, sin embargo, cuadros que requieren evaluación neurológica. El mareo o vértigo asociado a dificultad para hablar, tragar o ver, debilidad o torpeza en brazos o piernas, alteraciones marcadas del equilibrio, o un vértigo súbito, intenso y sostenido obliga a descartar causas neurológicas. Del mismo modo, cuando el cuadro no encaja con un patrón vestibular típico, la valoración neurológica es prioritaria.


El mareo de origen cervical existe, pero es poco frecuente y no debe ser el primer diagnóstico. Antes de atribuir los síntomas al cuello es obligatorio descartar causas vestibulares, neurológicas, vasculares, cardiovasculares, metabólicas, sistémicas y relacionadas con medicación.


Un aspecto frecuentemente subestimado es el rol del sistema masticatorio. Alteraciones dentarias, de la mordida o de la articulación temporomandibular pueden generar sobrecarga muscular y cambios posturales que se manifiestan como mareo, inestabilidad o sensación de desequilibrio. Pérdida de piezas dentarias, mala oclusión, masticación unilateral, prótesis mal ajustadas, bruxismo o disfunción temporomandibular son factores que deben ser evaluados por un odontólogo con formación específica en esta área.


Solo después de descartar todas estas causas puede considerarse un mareo cervicogénico. Este suele manifestarse como desequilibrio o desorientación, acompañado de dolor y rigidez cervical, limitación del movimiento del cuello y, en algunos casos, cefalea. Habitualmente no existe una sensación clara de giro del entorno.

Un error frecuente es interpretar el cuello como la causa cuando en realidad es la consecuencia. Cuando un vértigo no se diagnostica ni trata a tiempo, el organismo intenta compensar el desequilibrio, lo que puede generar contracturas, rigidez y dolor cervical secundarios.


El abordaje correcto implica un orden lógico de evaluación. El médico debe descartar primero las causas más frecuentes y las potencialmente graves. Según los síntomas, la evaluación inicial corresponde a otorrinolaringología o neurología. Solo cuando estas posibilidades han sido razonablemente descartadas y el cuadro clínico lo sugiere, tiene sentido valorar un origen cervical desde la traumatología.

Un diagnóstico correcto no solo evita tratamientos innecesarios, sino que es la base de un manejo seguro, eficaz y orientado a la causa real del problema.


Sarcopenia

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La pérdida silenciosa de masa y fuerza muscular que impacta en la salud

La sarcopenia es una condición caracterizada por la pérdida progresiva de masa muscular, fuerza y rendimiento físico. Durante años fue considerada un fenómeno inevitable del envejecimiento, pero hoy se reconoce como una entidad clínica con impacto directo en la autonomía, el riesgo de caídas, las internaciones y la mortalidad. Lo más relevante es que no es exclusiva de los adultos mayores ni es inevitable.


A partir de los 30 a 40 años comienza un descenso gradual de la masa muscular, que se acelera con el sedentarismo, la mala nutrición, las enfermedades crónicas y los períodos prolongados de inmovilización. En personas con diabetes, obesidad, enfermedades cardiovasculares, cáncer o procesos inflamatorios crónicos, este deterioro puede aparecer de forma más temprana y progresar con mayor rapidez.


La sarcopenia no se define solo por la cantidad de músculo, sino también por su calidad y funcionalidad. Por eso, una persona puede mantener un peso corporal estable y aun así perder fuerza, resistencia y estabilidad. Los primeros signos suelen ser sutiles: dificultad para levantarse de una silla, menor velocidad al caminar, fatiga precoz o pérdida de equilibrio. Cuando estos cambios se naturalizan, el diagnóstico suele llegar tarde.


Las consecuencias clínicas son relevantes. La sarcopenia aumenta el riesgo de caídas y fracturas, prolonga los tiempos de recuperación tras cirugías o enfermedades agudas, favorece la dependencia funcional y se asocia a peor pronóstico en múltiples patologías. No es solo un problema muscular, sino un marcador de fragilidad.


El diagnóstico se basa en la combinación de evaluación clínica, medición de fuerza muscular y, cuando es necesario, estudios de composición corporal. La fuerza, más que la masa, es hoy uno de los indicadores más importantes, porque refleja de manera directa la función.


La buena noticia es que la sarcopenia es prevenible y, en muchos casos, reversible. El pilar del tratamiento es el ejercicio de fuerza progresivo, adaptado a cada persona y sostenido en el tiempo. A esto se suma una nutrición adecuada, con especial atención al aporte proteico, y el abordaje de las enfermedades de base que favorecen la pérdida muscular. La actividad aeróbica sola no es suficiente: sin estímulo de fuerza, el músculo no se conserva.



Reconocer la sarcopenia a tiempo permite intervenir antes de que se traduzca en discapacidad. Lejos de ser un tema exclusivo de la vejez, es un problema actual, transversal y clínicamente relevante, que debe formar parte de la evaluación integral de la salud en adultos.

Cuidar el músculo es cuidar la movilidad, la independencia y la calidad de vida.


Cuidado del pie en la diabetes

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En las personas con diabetes, el pie requiere una atención especial porque suelen coexistir dos alteraciones clave: la disminución de la sensibilidad y los trastornos de la circulación. La primera hace que pequeñas lesiones pasen desapercibidas, y la segunda dificulta la cicatrización y favorece las infecciones. Cuando ambas se combinan, el riesgo de úlceras, infecciones profundas y amputaciones aumenta de manera significativa.


Por este motivo, la prevención diaria es fundamental. El pie debe revisarse todos los días, observando la piel, los espacios entre los dedos y las uñas, y prestando atención a enrojecimiento, grietas, ampollas, cambios de color, hinchazón, secreción, mal olor o zonas más calientes. En el pie de una persona con diabetes no existen lesiones menores.


La higiene debe ser simple y cuidadosa: lavado diario con agua tibia y jabón suave, secado minucioso y uso de crema hidratante solo en la planta y el dorso, evitando los espacios entre los dedos. Las grietas profundas, los callos y los problemas en las uñas no deben tratarse en casa ni con productos caseros. Las infecciones por hongos en las uñas son frecuentes y requieren evaluación médica, ya que pueden transformarse en una puerta de entrada para infecciones más graves.


El calzado es parte del tratamiento. Debe ser cerrado, cómodo, de punta ancha y sin costuras internas rígidas. Caminar descalzo, incluso dentro del hogar, o usar calzado abierto expone el pie a traumatismos que pueden pasar inadvertidos. También deben evitarse las fuentes directas de calor, ya que la disminución de la sensibilidad puede provocar quemaduras sin que la persona lo perciba.


Ante la aparición de una herida, la conducta inicial es lavar con agua y jabón suave o suero fisiológico, cubrir con gasa estéril y consultar de forma precoz, idealmente dentro de las primeras 24 a 48 horas. La presencia de enrojecimiento que progresa, secreción, mal olor, aumento de temperatura, cambios de color oscuro o síntomas generales debe motivar una consulta urgente.


La revisión periódica de los pies y la educación sobre su cuidado forman parte del tratamiento integral de la diabetes. Está demostrado que estas medidas simples reducen de manera significativa las úlceras, las infecciones y las amputaciones, preservando la movilidad y la calidad de vida.

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